Nene, querida, qué hermosos tiempos aquellos
cuando vivíamos juntas y veíamos “La Caldera del Diablo” todos los días a la
hora de la cena. ¿Te acuerdas? Anita nos llevaba las bandejas hasta con el
postre incluido, para no tener que subir de nuevo al segundo piso, donde se
encontraban nuestros dormitorios.
Carlita se atropella en sus recuerdos, nerviosa, temiendo que Nene no recuerde,
a causa de su Alzheimer, aunque no es seguro que sea esa enfermedad, dado que
olvida solo ciertas cosas, sobre todo lo reciente, pero lo de antaño, por lo
general, lo recuerda todo. Sin embargo, lo más temible para Carlita, es su
permanente cuestionar: ¿qué vamos a comer para el almuerzo?, ¿dónde iremos
después de la siesta?
¡Cómo me voy a olvidar, Carlita! Si yo esperaba todo el día la hora de las
noticias y luego el capítulo diario de “La Caldera del Diablo”, para ver qué
nuevo drama enfrentaría Mia Farrow. Y después de eso, a las 10:30 en punto, nos
pasábamos directo a la radio para escuchar “La Tercera Oreja”. Terminábamos el
día muertas de susto y más de alguna vez no pude pegar un ojo en toda la noche.
Como la casa era de madera crujía entera y yo me imaginaba espantosas escenas
de terror. ¡Pero, era tan entretenido! ¡Qué pena que no haya nada como eso ahora!
¡Uf! Responde Carlita aliviada de escucharla recordar perfectamente hasta las
emociones de esa época. Lo que es yo, la Radio ni la escucho porque si quiero
música prendo mi ipod y si quiero escuchar hablar, pongo de fondo la tele.
Prefiero el ronroneo de una película, aunque no siga la trama, que dos
locutores a quienes no les veo ni la cara, hablando de cualquier lesera u
opinando de este mundo y del otro.
Yo sigo viendo las noticias en la Tele, afirma Nene con un dejo de añoranza,
pero son tan diferentes. En vez de contarnos objetivamente los acontecimientos,
para que nosotros formemos nuestros propios juicios, nos entregan la noticia
masticada, enjuiciada: “esto es muy bueno…”, “esto es muy malo” Y a quién le
interesa. Qué me importa a mí lo que piense el rucio ese que se fue a Estados
Unidos, se supone que a estudiar y volvió igual: “Los hospitales no le entregan
los resultados a los pacientes que sufren sida. ¡Esto es un escándalo!” Claro
que es un escándalo, pero ¿qué me importa a mí que él diga que es un escándalo?
¿Para eso fue a estudiar a Estados Unidos? ¿Para darme su opinión personal
sobre las noticias del día? Prefiero mil veces mi época. Nada ha llegado a la
altura del “Reporter Esso”, en materia de noticias. Y a propósito, ¿cuánto
falta para las noticias? Como media hora responde Carlita sonriente y aprovecha
para opinar ¡Es verdad! La pura verdad, Nene! El Reporter Esso es imbatible
hasta el día de hoy, aunque no me trae muy buenos recuerdos porque en casa mi
padre lo escuchaba como si fuera el mensaje de Dios y como era periodista, no
se lo perdía, y además, era a la hora de almuerzo y no podía volar ni una
mosca, imagínate, nueve niños tratando de comer callados, ¡Uy, eso ya lo
quisiera ver hoy! Los locutores se limitaban a relatar los hechos y nosotros
aprendíamos a sacar nuestras propias conclusiones. En esa época, ni los Paulsen
ni los Guillet existían; ningún periodista era tan soberbio para creer que su
opinión le importaría a alguien o, peor aún, que la gente no tiene criterio
para digerir noticias. Ahora, Nene, te has fijado, creen que hay que decirnos
si lo que estamos oyendo es una buena o una mala noticia; si es escandaloso o
no, como no pudiéramos hacernos nuestro propio juicio. ¡Qué arrogancia!,
exclamó Carlita, entusiasmada con la crítica.
Carlita, querida, ¿falta mucho para las noticias?, vuelve a preguntar Nene.
No, Nene, unos veinte minutos.
Nene calla y mira extrañada a Carlita, como dudando de la información. Carlita
comprende que es tiempo de partir si quiere evitar pasarse los próximos veinte
minutos que faltan para las nueve, respondiendo ¿Falta mucho para las noticias?
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