Taller de la Calle

GRACIAS A LA ESCRITURA, por Hernán Calderón Luna

 

Gracias Verónica. Tu escrito a partir de la cita a Calvino me hace cerrar los ojos y sumergirme de nuevo, con más pasión en la escritura. Ahora que el tiempo biológico se me termina, aún sigo preguntándome quién soy en lo más íntimo de mi ser. No para buscar una palabra y un adjetivo que me definan, sino para saludar nuevamente a los muchos seres que me habitan y los otros que ya fui. La semana pasada, en el funeral de mi hermano, se me acercó una señora, pequeña de pelo muy blanco, flaca, arrugada, de ojos azules. Sin decir palabra, me tomó el brazo suavemente, me dio un fugaz beso en la mejilla y desapareció. Fue un gesto que no se diluyó entre otras condolencias más efusivas y cercanas. No supe quién era ni nadie de mi familia la conocía. Luego lo supe, era la primera polola que yo tuve, hace 60 años. La quinceañera más bella de Coquimbo. La busqué en la iglesia, pero había desparecido. Me sumí en mis recuerdos, como ahora contigo y Calvino. Volví a los años lentos de mi juventud, en los veranos interminables en las playas de Antofagasta y Coquimbo. Hace sólo algunos días escribía que para mí el tiempo no era una dimensión sujeta a los rigores del reloj y los calendarios, sino algo intangible moldeado por las emociones y la biología. Como si todo fuera parte del mismo espacio mágico en que he aprendido a vivir desde que escribo. Hace ya varios años, cuando tú hacías un taller para mujeres, yo me moría de envidia. Gritaba, como un hincha de futbol ¡los hombres también! No sé si a causa de la sincronía o de mis protestas, llegué a sentarme con lápiz y papel, en primera fila de tu taller, desde ese momento mixto. Ese fue el comienzo del viaje, un viaje al interior de mí mismo, a las casas que habité, mis colegios, mi universidad, padres, hermanos, amigos, amores, sueños, haceres, trabajos, talleres de carpintería, mis dolores, mis frustraciones, mis éxitos, miradas a mi entorno, mi país, América, mi mundo. Ha sido un viaje en compañía, un viaje lúdico, con otros observadores livianos de equipaje, sólo papel, lápiz, transparencia y creatividad.

Hoy me enfrento a mis debilidades, no soy un escritor y admiro a los escritores, soy un lector voraz de literatura, mundo en que entré  tardíamente, después de años y años leyendo libros técnicos, de política e historia. Soy también un escribiente (no me atrevo a usar la palabra escritor) en quien prima más la abundancia que la calidad formal, tal vez por apuro de sacar todo lo que aún llevo dentro, en el poco tiempo que me queda. Gracias Verónica por tu taller y este maravilloso espacio que has abierto.

Hola Hernán, no sé si eres el Hernán que yo creo, el constructor de laúdes, tallador de maderas y metales, guitarrista que tocaba instrumentos de su propia manufactura, inventor de flautas y amigo de Arturo González Quintana. Hubiera querido que fuera él quien preguntara por ti, pero ya ves, ni la más profunda escatología lo podría traer de vuelta.  Nunca hice un taller de escritura, por lo que solicito tolerancia para mi ruda redacción.  Hernán, si tú eres tú, te ruego confirmármelo a mi correo:  arturogonzalezalvarado@yahoo.es

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