Taller de la Calle

Comentario a la novela Motor de búsqueda, de Mario Valdivia

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Escrúpulos, crepúsculos, sepulcros, o cuando las palabras son objetos

La novela Motor de búsqueda, de Mario Valdivia, es una oportunidad para observarnos desde nuestro hablar, desde nuestros diversos hablares chilenos. Eso lo hace un viaje apasionante por el lenguaje, una obra universal, desde lo local. Un lenguaje ordenado por la sintaxis, como todos los hablares, circunscrito en una época y una geografía chilenos muy importantes, pero en su fondo abismal, caótico, alucinado, cruzado por mil emociones, humano.

Tras su lectura nos queda un sentimiento parecido a lo que sentimos cuando un mimo nos sigue en una calle del centro sin que nos demos cuenta, hasta que el público ríe, y nuestro más mínimo gesto es incorporado al espectáculo de ilusión que nos envuelve.

Un friso de Chile entre los años 70, 80, por lo menos. O desde la germinación de las utopías, ideologías, militancias, pasando por el quiebre feroz del dictadura y hasta la actual democracia. Un friso que nos registra, nos refleja y nos revela en nuestra construcción de identidad.

 

Tratándose el mío de un comentario no académico, y alentada por la estructura no convencional de la novela que provoca la imagen de “una esfera cuya circunferencia está en todos lados y el centro en ninguno”, me parece plausible destacar un solo aspecto que es la función de accesorio que tienen algunos objetos y su impacto en el mensaje de la obra y en la resonancia que se produce entre él y el lector.

 

Estos objetos tienen un poder más grande y específico que el puro complemento o el adorno. Tienen la capacidad de transformar, fijar y realzar circunstancialmente el carácter de una pieza principal, abrigo, mueble, escena u otra.

Por ello es que, a pesar de encontrarlos situados en un tramo específico de la novela, estos objetos accesorio pueden moverse, ponerse, proyectarse sobre otros tramos y sobre la novela en su conjunto, provocando el efecto de significar y significarse de distintos modos.

 

Armas de destrucción, el revés del objeto deseado

 

En el capítulo 5 aparecen las armas de destrucción. Quien las menciona es un excéntrico personaje, un militar, ex funcionario de la policía secreta de la dictadura de Pinochet que ha logrado zafarse de la justicia y sobrevivir en la invisibilidad. Desde su particular perspectiva este observador sigue las motivaciones de la sociedad democratizada y con la lente de un resentimiento resignado que colinda con el realismo cínico, nos piensa y nos hace hablar desde nuestras llagas.

Si bien es cierto que en su monólogo sobre el estado general de las cosas la referencia a las armas de destrucción, que son los automóviles, es solo un botón de muestra, y que además, como es propio del discurso paranoide, tiene la extraña lucidez de la generalización cuando habla de “la sistemática carnicería que resulta necesaria para que todos puedan viajar con eficiencia y comodidad haciendo uso pleno de su libertad personal para desplazarse individualmente adonde se les de la gana cuando se les de la gana.”, declaración que el lector aprovecha para incluir en la categoría aludida a cualquier modelo y cualquier usuario, es innegable que lo dicho apunta a los autos de aquellos que en verdad pueden ir adónde y cuándo se les antoje.

 

Se trata de uno de los más irritantes monólogos del libro puesto que, aunque su función es dar cuenta del pasado de uno de los dos protagonistas principales, Luis, el intachable médico psiquiatra que colaboró en el refinamiento de los métodos de tortura, liberado de la expectativa de la libertad, dispara contra todos y particularmente sobre “la gran masa compadecida que quiere sentirse justa, buena y pacífica, que quiere pretextar ignorancia.” (…), sobre aquellos que encarnan esa posición que, “Más que hipocresía, es más bien una insensibilidad ciega que no puede asirse.”

 

Así, los autos de este tipo de gente suelen ser sólidos y de altura, de hecho cuesta subirse en ellos. Generalmente tienen vidrios polarizados, son amplias naves full equipadas, hechas para transportar a una familia numerosa en sus viajes de weekend. Son autos blindados que gastan mucho combustible y que la mayoría de sus días transportan a una solitaria mujer que en su interior, vistiendo además gafas negras, pelo y cuerpo esculpidos, parece hablar sola cuando se comunica a través de su celular de manos libres.

 

Estas especies de tanques se compran para no morir arrollados y para no morir matando.

 

Son objetos que visten de glamur a la persona de buena conciencia, pero que al mismo tiempo la envuelven en el oscuro juego de la violencia y la indolencia.

 

“Pero la mugre y la porquería en las que todo se sustenta no se quedan quietas. Obligan a esfuerzos denodados a estas buenas almas de Dios para disimularlas mediante su industria del recubrimiento y empaquetado, o bien para endilgárselas a otros, los otros distintos, de intenciones aviesas, evidentemente enfermos. (…) Las carreteras no pueden ocultar la sistemática carnicería que resulta necesaria para que todos puedan viajar con eficiencia y comodidad haciendo uso pleno de su libertad personal para desplazarse individualmente adonde se les de la gana cuando se les de la gana. Hay tanta sangre humana seca en cada metro cuadrado de autopista bajo los neumáticos de automóviles que circulan repletos de familias inundadas de gracia divina y santas absoluciones, como la que hay en cualquier matadero. Una pequeña pistola puede escandalizar a estas almas que se niegan a considerar a su automóvil como el arma de destrucción, si no masiva, cuando menos multitudinaria, que es.”

 

Estos autos son arrojados en la autopista de la novela y gatillan en el lector la fantasía que contiene también el cinturón de seguridad. Aunque usado con aplicación benévola, la fantasía en su sombra contiene una escena de pánico, el accidente, el suceso funesto que nadie en su sano juicio proyecta de verdad al salir de paseo, y que termina en su extremo con la muerte que marca nuestros cotidianos.[1]

 

Como sobre un flamante traje de lino, el accesorio transforma la conciencia de “las familias inundadas de gracia divina y santas absoluciones (…)” en una disposición a matar para no morir, tras cuya inocente mirada encontramos la mente pragmática e indolente del psicópata.

 

La fuerza de este accesorio de brillo fulgente, produce oscuridad en la escena, un silencio completo en el párrafo y un murmullo tenso sobre la novela.

 

Creo que Mario Valdivia utiliza este y otros objetos que, no constituyendo el eje central de la temática, logran hacernos atisbar, más allá de nuestros escrúpulos, y de nuestros sepulcros, el entumecimiento que nos provoca algo que no queremos mirar de frente, ni con el compromiso que requiere.

 

El auto, accesorio predilecto de los fines de semana en Chile y en el mundo, transforma la pretendida inocencia en disposición a matar y, en su defecto, a morir.

 

Motor de búsqueda nos lanza esta presa cruda sobre el mantel lavado de nuestras pretensiones, a través de las afirmaciones y los juicios de un personaje paranoico, del que podemos en principio desmarcarnos. Pero al cabo de un tiempo, como una bacteria, puede hacer un excelente trabajo, siempre que se encuentre en un contexto adecuado, húmedo, dicen los científicos, y con capacidad de asombro y honestidad, podemos agregar, como le ocurriría a un niño que se muere de ganas de salir de paseo pero que al ver a su padre hipnotizado frente al noticiero dice:

 

Entonces, papá, ¿qué hacemos?

 

Pañitos a crochet, lo sublime del objeto despreciado

 

En el capítulo 15 aparecen los pañitos a crochet. Son pequeñas piezas tejidas por mujeres, como dice la personaja, “para evitar que los objetos puestos sobre las mesas se vieran demasiado abandonados, y también para que no rayaran el barniz”. Artesanías hechas por manos cariñosas de madres y abuelas, para aliviar el tedio de la vida femenina y para ser desechadas o escondidas con vergüenza por los herederos promovidos que ahora adornan sus casas con fibras made in China adquiridas en tiendas de diseño y decoración.

 

Parece anecdótico o el simple devenir de las modas. Todos reímos con un dejo de ternura, ternura que oculta una cierta culpa, cuando recordamos los artefactos que poblaban la vida cotidiana de nuestros antepasados. La memoria, cuando no es un verdadero recordar, un recordis, un nuevo paso por el corazón que nos llena de saudosos crepúsculos, es un peso absurdo del que preferimos deshacernos y que en la práctica, en nuestro país abandonador, obturamos con una lápida que llamamos “el cambio”, y al parecer quedamos desorientados respecto de nuestro discurso, no honramos a nuestros padres, nuestros orígenes, a fuerza de empeñarnos en ser lo que creemos que debemos y tenemos derecho a ser. Menos mal que el sol todavía no es cuestionado por los especialistas en decoración y sigue repitiendo su ancestral rito.

 

Pero recordemos. En este capítulo hay una tragedia. El protagonista, perteneciente a la vieja clase latifundista chilena está enamorado de una mujer de clase media de origen campesino. Ella lo dice, estaban locos de amor, apenas salían de la cama para alimentarse. Habían hecho nido a su apasionado amor en medio de la ciudad y ya conversaban de posibilidades para escapar del juicio clasista. Y en el fragor amoroso, de la noche a la mañana, él la abandona. Nos encontramos ante una automutilación feroz, el personaje arranca de raíz el motivo de su deseo, para seguir un mandato social. El amor no es más fuerte, la amada es desechada como un simple objeto inadecuado.

 

Años más tarde, ella habla, encuentra una metáfora para explicarse el fracaso de su historia: “De solamente imaginar a mi mamá conversando con su madre me daban escalofríos. Mi mamá, una mujer campesina sencilla, hija de un peón de pala, bien casada con mi padre, un técnico manual muy competente y valorado, se había convertido en una citadina, pero en el fondo seguía siendo una campesina sencilla. Un buen plato de comida hecha con sus manos seguía siendo la muestra de cariño más grande de que era capaz. O pañitos bordados que hacía primorosamente y que regalaba a quienes estaban verdaderamente próximos a su corazón. Pañitos para evitar que los objetos puestos sobre las mesas se vieran demasiado abandonados, y también para que no rayaran el barniz. ¿Qué podía hacer con todo esto la madre de Luis? Una patrona acostumbrada a tratar con inquilinos y sus mujeres, sus empleadas de casa, acostumbrada a establecer y ver diferencias, las diferencias que hacen de su vida su vida y hacen de ella y su marido quienes realmente son. Sin estas diferencias ella no es nadie, me di cuenta de inmediato, y me aterré.”

 

Pañitos a crochet, o el elogio de la artesanía, podría ser el subtítulo para comentar este segundo objeto accesorio.

El autor nuevamente lo ubica sobre una pieza principal, el abrigo por antonomasia, el amor. Pero no el amor a secas, sino el amor abortado por un propósito mayor, no mejor, solo mayor.

Otra vez el accesorio logra abrillantar y hasta cambiar la naturaleza del objeto que se da por fundamental.

El pañito, como una fea mancha sobre un lino de Holanda, atrae las miradas que huyen despavoridas y luego agiganta el mensaje, mensaje fugaz pero imborrable en la conciencia del lector despierto, “me aterré”.

 

El propósito mayor, el continuismo de la endogamia nacional clasista y puritana, somete como un mandato divino lo que se tiene por eje de la fe cristiana, el amor.

 

Y el accesorio transforma. El capítulo citado, después de la lapidación de la amada, que el lector reconoce, deja como contrabando en la escrupulosa memoria del abandonador un suave elogio de las manualidades, las artes menores, las artesanías del afecto femenino, como el recuerdo del día que nos regala el crepúsculo.

 

La mujer de medio pelo, a través de su destierro, renace señora de su identidad, de su conciencia, de su vida; el príncipe se vuelve sapo y queda paralizado en su trono que no es más que una piedra resbalosa en un mínimo charco.

 

No hay castigo evidente ni mensaje aleccionador, los pañitos a crochet muestran con suficiente potencia la única mesa que es suficiente, la mesa abundante de la vida liberada del orgullo, la culpa y la vergüenza.

 

Elogio de las manualidades, las artes menores o reconocimiento de la mujer cosificada y desechada, como un pañito a crochet.

 

Hay muchos objetos accesorios en esta novela que no tiene un centro único. El autor los puso cuidadosamente entre sus venas y huesos. Algunos son joyas, otros, curiosas prendas que visten y animan el cuerpo de la obra, todos nos espejean para recordarnos lo que somos y lo que podemos ser, y sacuden nuestra atención para invitarnos a una lectura activa del cuento que nos contamos sobre nosotros mismos.

 

 



[1]. En Chile los accidentes de tránsito constituyen la cuarta causa de muerte y la primera causa de muerte de jóvenes

 

Como siempre, creo que pones en estas letras mucho más que lo dicho.

Por eso, porque ves más, eres profesora/coach literaria! Supongo.

Siento que mi libro es mejor después de leer tus comentarios

Gracias!

 

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